René Escobar, una aventura por el Polo Sur

No puedo siquiera concebir cómo fue el primer encuentro entre europeos y americanos cuando se supo que estos últimos formaban parte de una civilización de la que jamás se había oído en Europa. Y es que el viaje siempre ha motivado las proezas humanas más interesantes que han modelado la historia. Los valientes y atrevidos que se lanzan a la aventura del descubrimiento de lo no explorado, sin miedo alguno por lo desconocido sino con el espíritu hambriento por esperar qué es lo que va a encontrar en su travesía.

René Escobar ha mencionado en innumerables ocasiones que una de las cosas que a su vida le hace falta es explorar el Polo Sur, la gélida Antártida. Un sueño que comparte con muchos hombres sobre la tierra. La emoción de pisar territorios alejados e inhóspitos es una tarea que resulta fascinante de sólo imaginarla, nos hace volver en el tiempo a los tiempos de la niñez, cuando justamente todos tenemos algo de exploradores muy vivo en la mente. Navegar a donde nadie más ha llegado, a donde nadie se ha atrevido a llegar: eso impulsa, enciende nuestro interés y nos cobija casi del mismo modo como una madre en el regazo.

El empresario y filántropo René Escobar se caracteriza por ser un hombre osado e inteligente al que le gusta precisamente el derribar mitos y barreras con la finalidad de alcanzar sus metas. El Polo Sur se metió en su imaginación desde su niñez y ahora, como un hombre exitoso, desea más que nada ver realidad. Alentado por Jacques Cousteau, Cristóbal Colón o Fernando de Magallanes, René Escobar tiene en sus planes a corto plazo, el cumplir con un sueño de su infancia y tocar finalmente con sus pies propios los tímpanos de hielo que dan forma a ese continente situado en los confines de la tierra, con sus cielos fragmentados en luces de colores, donde el sol toca todo lo que mira con una suave caricia de la misma forma en la que se roza a un amante o el artista a su obra de arte en el momento de ser culminada.

Tierra de nadie, de animales en su naturaleza salvaje y sin que la mano del hombre llegue a interrumpir el ritual de su vida; hielos perpetuos que cobijan los días que parecen ralentizarse en el corazón hasta sumergirlo en un idilio de belleza absoluta. La idea de explorar la Antártida conmueve con tan sólo tenerla en la cabeza. Realizarla sería la culminación de nuestras más ínfimas fantasías.